Levantarte a las cuatro de la mañana y darte cuenta de que está ahí, a tu lado y que nada ha sido un sueño. Te rodea con sus brazos y tu te abrazas a ella, apoyando la cabeza en su hombro y escondiéndote en su cuello.
"Duerme como un ángel", piensas.
Tantas y tantas noches a solas imaginándote como sería dormir la una en los brazos de la otra, y ahora te tienta pellizcarte por si realmente es otro sueño. Pero no, porque la despertarías y no quieres eso. Así que te limitas a abrazarla más si puedes, acurrucarte con su aroma y cerrar los ojos con una sonrisa. Porque sabes que mañana, al despertar, lo primero que vas a ver será su rostro. Calmado, dormido, precioso. Y en ese mismo instante te vas a sentir la persona más feliz de todo el universo, al lado de esa mujer que llego a ti de la manera que menos esperaba y ha calado más hondo de lo que ha hecho ni hará nadie jamás.
Y tal y como pensaste, esta mañana al desertar lo has sentido, esa sensación de plenitud. En cuanto ella ha abierto los ojos y te ha sonreído con sus "Buenos días, mi vida" acompañados de un abrazo, lo has sentido.
Has sonreído, la has abrazado, besado y acariciado hasta que te has dado cuenta de que no te importaría, para nada, despertarte cada día con ella.