Estais paseando por la calle, de noche, empieza a hacer frío y por eso las dos os habeis puesto vuestras respectivas sudaderas.
Os mirais, sonreís y en ese momento no falta nada.
Te aprieta la mano para que no olvides que está ahí, andando tranquilamente a tu lado. Y sin venir a cuento, porque si y porque te apetece, paras. Te pones delante de ella y la besas.
Es un beso suave, de los que dicen muchísimo con un solo roce. De los que siempre se recuerdan. De los que marcan.
Te separas de ella y la admiras, con sus ojos cerrados y sus labios entreabiertos, antes de juntar vuestras frentes. Lo teneis todo y aún así quereis más. Lo quereis todo de la otra.
Quereis lo bueno, lo malo, las tonterías, los llantos, los enfados, las confianzas, las borderías, todo. En el sentido literal de la palabra.
Tus manos buscan las suyas para entrelazarlas y separarte para mirarla a los ojos. Esos en lo que te pierdes y te perderás cada día. En los que te hablan cuando sus labios no lo hacen. En los que ves fuegos artificiales cada vez que os encontrais.
La miras a los ojos, aprietas sus manos, coges aire para hablar pero ella se te adelanta.
"Yo también te quiero."
Y ahí están, los fuegos artificiales.